Obra
Doce recuerdos de mi Łańcut
Doce recuerdos de mi Łańcut: una obra que no debía sonar dos veces exactamente igual.
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Nota de programa
Łańcut fue para mí un laboratorio.
Hoy, cuando vuelvo con la memoria al verano de 1996, no veo ante todo una partitura. Veo a un muchacho de veintidós años que desde hace algunos años viene a Łańcut a pasar todo el mes de julio y siente cada vez más que ese lugar también se está convirtiendo en su casa. Ya conoce el parque, las avenidas, el internado, el salón de baile del Castillo, la Karczma Słupska, los bancos nocturnos y los senderos de la mañana. Conoce a la gente. Conoce el ritmo de ese lugar. Sabe lo que significa vivir durante un mes solo de música.
Łańcut tenía dos rostros. De día vivía de clases, estudio, ensayos y conciertos. De noche, la vida se trasladaba a la Glorietta del parque, al internado, a las tabernas y a las avenidas. Allí nacían conversaciones, paseos, aventuras estudiantiles y amistades —con esa intensidad propia de quienes creen que toda la vida está todavía por delante. Allí no poníamos a prueba solamente nuestras capacidades. Nos poníamos a prueba a nosotros mismos. Por eso hoy no pienso en Łańcut como en unos cursos de verano de música, sino como en un laboratorio. Cada julio era un nuevo experimento. Todo parecía posible.
Llegaba allí ante todo como contrabajista. Cada año quería ponerme a prueba. No solo aprender más, sino ver hasta dónde podía llevar mis propios límites. Tocar el contrabajo era para mí liberación a través del trabajo físico. Componer — liberación a través del trabajo espiritual. Necesitaba esos dos mundos a la vez.
En aquel tiempo casi siempre llevaba conmigo una carpeta azul que, muchos años más tarde, llamaría el Libro Azul. No era un diario. En ella anotaba ideas para el futuro Jardín de los Juegos Divinos. Los pensamientos se reunían día y noche. Al Zameczek (el pequeño castillo) iba únicamente para descargar vagones enteros de todo lo que entretanto se había acumulado dentro de mí.
Aquel verano, el profesor Stanisław Moryto dirigía la clase de composición. Yo era su único estudiante. Nos veíamos todos los días. Hablábamos de música, pero aún más a menudo de maneras de pensar. No intentaba imponerme su lenguaje artístico. Me dejaba desarrollar el mío. Después de uno de nuestros encuentros sonrió y dijo: «Muy bien. ¡Sigue así, Olek!» Esa sonrisa la recuerdo con la misma claridad que todas nuestras conversaciones.
Unos años antes, mi padre, Ryszard Gabryś, había escrito para mí Aleksandryny, una partitura de forma abierta que dejaba al intérprete una libertad extraordinaria. Era más que la posibilidad de elegir el orden de los fragmentos. Era una invitación a participar en la creación de la obra durante la ejecución. El profesor Moryto hizo por mí algo muy parecido. No me dio respuestas ya hechas. Me dio carta blanca.
En esas circunstancias nacieron los Doce recuerdos de mi Łańcut.
El número doce fue una elección consciente. En aquel tiempo me fascinaba como principio para organizar la forma. Aparecía en paralelo en la Quadrofonietta; también me interesaba el desarrollo del mandala en doce grados. No buscaba la simbología del número. Buscaba una arquitectura capaz de conducir el proceso creativo.
No se trata, sin embargo, de doce recuerdos sobre Łańcut. Son doce recuerdos de mi Łańcut. Esa diferencia puede parecer pequeña, pero para mí es esencial. No intentaba describir un lugar. Intentaba conservar los instantes que me había llevado de allí.
Cada una de las doce partes retiene uno de ellos. El despertar de la mañana siguiente a la primera noche de los cursos. Practicar Bottesini. El Club Remix. Una noche en el parque. Una tormenta. Una clase durante la cual me convierto, al mismo tiempo, en profesor y en mi propio alumno. La memoria transformó todas esas imágenes. No son reportaje. Son música.
Por eso la obra, desde el principio, no debía sonar dos veces exactamente igual. Al fin y al cabo, así funciona la memoria. Nunca vuelve en un orden idéntico. Cada vez revela otro detalle, otra luz, otro sentido. La forma abierta de esta partitura no es, por tanto, una mera solución interpretativa. Es un intento de poner en notación el proceso mismo de recordar.
La grabación conservada documenta solo uno de los posibles recorridos a través de esta partitura. No es una versión definitiva. Es la huella de un único encuentro con una obra que renace en cada ejecución.
Hoy veo también algo que entonces aún no sabía nombrar. Doce recuerdos de mi Łańcut es quizá la primera obra en la que empecé conscientemente a componer no solo sonidos, sino también mi propia memoria. Hoy advierto que fue precisamente allí, entre el parque, el Castillo, las conversaciones hasta el alba y el estudio cotidiano del contrabajo, donde ya estaba naciendo el mundo que muchos años más tarde llamaría Jardín de los Juegos Divinos.